A principios del siglo XX, el nacionalismo serbio estaba en plena efervescencia. En 1912 y 1913, Serbia había derrotado a turcos y búlgaros, logrando apoderarse de gran parte de Macedonia y de Kosovo, y soñaba con seguir ampliando sus fronteras. Para su gobierno –al menos cierto sector del mismo– era una gran afrenta el hecho de que el Imperio austrohúngaro se hubiese anexionado Bosnia y Herzegovina, en donde gran parte de la población era serbia.
El ejército y sus servicios secretos comulgaban con el paneslavismo y alimentaban las sociedades secretas terroristas, como la Mano Negra, que conspiraban para buscar una alianza de los eslavos del sur e independizarse de Viena. Por ello, desde hacía años, serbios de Bosnia-Herzegovina ya venían atentando contra las autoridades austriacas en un intento de hacer prender la llama de la insurrección popular, lograr desestabilizar al Imperio y con ello tratar de anexionarse nuevos territorios.
En enero de 1914, los agentes serbios comenzaron a trazar un plan para atentar contra el gobernador de Sarajevo, pero lo suspendieron ante la aparición de un nuevo objetivo que sería mucho más impactante: el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador y heredero al trono imperial de Viena.
En el mes de mayo, una vez confirmada la visita que el heredero iba a hacer a Sarajevo, comenzó a urdirse el plan y se fijó el atentado para el 28 de junio. Seis jóvenes serbios fueron reclutados por los servicios secretos, tres en Belgrado y tres en Sarajevo, con el fin de perpetrar el magnicidio. A finales de ese mes les entregaron armas y los adiestraron en su manejo; se trataba de pistolas, bombas y cápsulas de cianuro, que debían morder para suicidarse en caso de ser atrapados.
La comitiva imperial inició su recorrido el día 28 a las nueve de la mañana. En un alarde de imprudencia, pues los rumores de atentados eran constantes, se hizo público el trayecto de la caravana. Los seis terroristas se ubicaron a lo largo del recorrido por el que iban a discurrir los automóviles oficiales. Se situaron en distintos puntos para que, si el primer grupo fallaba, los otros dos pudiesen actuar.
Operación en marcha
El archiduque y su esposa iban en el tercer vehículo, un descapotable en el que también viajaba el gobernador de Sarajevo. Tras hacer una primera parada en un cuartel, la caravana siguió su periplo y pasó por delante de la primera pareja de terroristas. El primero, presa de los nervios, no supo sacar la bomba a tiempo, y el segundo, de sólo 16 años, se quedó petrificado sin atinar a desenfundar su pistola.
Minutos después, el convoy pasó por delante del segundo grupo de asesinos. Eran las 10:10 horas y un terrorista lanzó la bomba, pero no tuvo en cuenta que había que esperar 10 segundos una vez activado el detonador, por lo que la arrojó a toda prisa y, tras rebotar en la capota plegada del lujoso vehículo Gräf & Stift, fue a parar debajo del coche que marchaba detrás, causando la explosión veinte heridos. Rápidamente el activista se quiso suicidar, mordiendo la cápsula de cianuro mientras se tiraba al río; una chapuza, pues el veneno estaba caducado y el río seco, con lo que sólo se llevó un golpe.
Tras el frustrado atentado, la caravana emprendió a toda velocidad su camino hacia el ayuntamiento, en donde lo esperaba la recepción oficial. Dada la celeridad de la marcha, los tres terroristas restantes no pudieron actuar. Lo normal es que la visita se hubiese cancelado. Sin embargo, tras pronunciar un tenso discurso, el archiduque decidió ir al hospital a visitar a los heridos por la bomba; eran las 10:45 horas. Para evitar las calles céntricas, se propuso cambiar la ruta y se informó de ello a la escolta, pero en un absurdo tragicómico se olvidaron de informar a los chóferes.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario